jueves, 9 de febrero de 2017

Estar triste estuvo de moda y ahora es vanguardia.-

¿Quién está más triste?
¿Quién sufrió más?
¿Quién tiene más traumas?
OH, no!
Stop! Wrong question.

¿Quién es más feliz?
¿Quién venció la adversidad de la vida de manera más triunfal?
¿Quién es la persona más madura?
Mierda.
La relatividad de esas preguntas alegóricas me llena de mierda.

No pretendo ser, con artificios relativos.
No pretenderé ser, con artificios relativos.
No he sido.
Más allá de mi pena, permaneció el dolor y una sonrisa.

Ardía en mis ojos mirar ese sol,
al que mutilada de entendimientos acudí en mi infancia.
Arde mirar la quimera de sol,
que ha seguido iluminando mi mutilado cuerpo mental.
Carente de razón y una llama.
La llama que todo lo quema.
Que todo lo evapora.
Que todo lo diluye en una piscola con cuatro hielos.
La llama que segrega dopamina química después de quemar verde.

No es placer mental la catarsis.
No he hallado redención en palabras lastimeras.
En el golpecito en la espalda.
No he hallado placer en decirte quién soy.
Hallé ahí humillantemente mi final.

En mi delirio descontrolado,
me veías entre nieblas mientras divagaba.
Así como ahora, ¡Tal cuál!
La cosa es que permanecías en la niebla.
Y yo continuaba divagando.
Y me juzgaste desde esa niebla.
Y es malo delirar. Doesn't it?

Yo estaba a oscuras.
Mirando al piso para rehuir de un rayo de sol intermitente que me hacía mierda.
Buscando en el piso monedas de cinco y un peso para la buena suerte.
Diciéndote que duele, que dolió, que dolerá.
Que el trauma existe.
Que es macabro.
Que está todo alrededor de mi cuerpo.
Y en esa cosa que llaman corazón.
Y no se va, y no se ha ido y no se irá.

Tú me mirabas con desprecio entre la niebla.
Porque ya no era el tiempo.
Porque que estabas "resuelto".
Porque yo quería otra piscola.