miércoles, 21 de marzo de 2018

06.03.2018.-

Hace un par de años atrás tuve una jefa, que creo, ha sido la única persona capaz de decirme algo que yo necesitaba escuchar en ese momento. Me dijo: "tú tienes que aprender a escuchar", me lo dijo muchas veces. Cuando me iba a Australia me abrazó y me dijo: "anda y aprende a escuchar"', creo que nunca nadie fue tan direct@ conmigo antes en ese sentido, aún cuando les molestaba que hablara mucho.
Los que me conocen saben que ser directo para decir las cosas es una cualidad que valoro en las personas. Para la verdad no deben haber rodeos.
Cuando estuve en el extranjero, muchos meses sin saber hablar Inglés al principio. Me reía sola y me acordaba de ella pk no podía hablar, sólo escuchar y tratar de entender lo que la gente decía. Entonces me decía a mi misma "tengo que aprender a escuchar" y era taannn cierto y concreto en ese minuto. Necesario. Habían muchas partes de la comunicación que fallaban a diario en ese momento en mi vida.
Desde entonces creo que siempre he tratado de aprender a escuchar, siempre hay algo nuevo que oír. El paso del tiempo, la forma en que te saluda la gente cuando los conoces, sus caras cuando te miran y tratan de entablar una conversación contigo o no, su silencio, su indiferencia, sus ojos dónde miran cuando hablan, qué te dicen sus ojos. Su cuerpo, sus hombros, sus muletillas, su ceño, sus labios, sus manos eso que dice todo lo que no escuchamos que hay que aprender a escuchar para entender dónde estás, con quién, qué necesita, por qué es como es.
A diario leo a muchos de mis contactos en  Facebook, muchos hastiados de la rutina, de la vida que les tocó, cansados de no lograr "su yo ideal", con problemas en sus relaciones, o si no, viajando por el mundo, comprando casas, autos, criando hijos, casandose, etc. Y siendo en general infelices o aparentando una felicidad más bien ficticia, que cuando los ves y los escuchas en persona te das cuenta que  no todo anda bien. O más bien, muchas cosas van mal. Sin embargo, todos quieren ser escuchados, leídos con sus malestares de la vida cotidiana o pequeños logros de la misma. Me incluyo. Necesitamos ser escuchados, necesitamos serlo, pero cuando estamos al lado de alguien ni siquiera saludamos.
La semana pasada me subí al metro y me senté. Cuando las puertas del vagón iban a cerrar una abuelita como de setenta años atravesó las puertas de un salto y sonrió por su logro casi  chocando en las puertas del otro extremo. Un joven la afirmó y le dijo mientras reía con ella: ¡Bien abuelita, seca. Así se hace!
La abuelita al principio no quizo ni que nadie le diera el asiento para demostrar su gallardía. Luego aceptó, estaba agitada.
Al día siguiente, pasé a comprarme una marraqueta con queso a un almacén al que he pasado muy pocas veces. Pero siempre, como es mi costumbre, saludo a la señora que atiende y le pregunto cómo está.
Quizás he pasado cuatro veces a comprar ahí. Antes, la señora nunca me respondió si estaba bien o estaba mal. No me respondió el saludo ni nada, el total de lo que le adeudaba y mi "gracias, chao que le vaya bien" fueron siempre nuestra conversación. Su mirada muy tímida, su cara muy tierna, pero desconcertada porque le preguntaba cómo está.
La semana pasada cuando pasé nuevamente, luego de semanas sin verla. Le pregunto cómo está. A lo que ella me responde que está cansada, que el caballero que vino a comprar anteriormente quería cigarros, pero pagaba con tarjeta y ella se esforzó tanto en ir a buscar esos cigarros que al final nadie compró. Entonces, ¿Usted no acepta redcompra? No, y ya no tengo para rato porque me voy a operar del corazón y voy a cerrar el local. Y no tiene a nadie que le ayude a atenderlo mientras usted está hospitalizada? No, mi único hermano que podía ayudarme se murió de un infarto hace un mes.
Y yo... lo siento mucho no sabía que su hermano falleció. No se preocupe me dijo, así es la vida.
Sus ojos contenían mucha pena. Yo sólo pude contener sus ojos cuando me miraba.
Anoche, salía con mi gata del metro y una señora me gritó desde su auto, "a dónde iba". A Carmen con Argomedo, le dije, y antes de que me diera cuenta ella había subido mi maleta a su auto en el que estaban su marido y su madre. Que me llevaban a mi casa porque me vieron con el gato, que es un gato muy lindo, que ellos tienen más de cincuenta gatos y un perro, que los recogen de la calle. Que cuando pololeaban tenían diez perros y un gato cada uno. Que aman los animales, que tengo que comprarle una jaula a mi gato. Yo les dije que tiene una, que es regalada, pero que nunca pondría a mi gata en una de esas jaulas, que no me da el corazón, que veníamos viajando de Pichidegua y ella feliz. Que por lo demás no creo en las prisiones. Ya saben, para darme el gusto de parecer loca. Quizás qué habrán pensado.
Fueron muy corteses y me dejaron en la puerta de mi casa, con Kitty. Claro, no sin antes hacerme notar que caminar con el gato en brazos estaba mal. Que de la Alameda a Argomedo es un pique, que necesitaban ser escuchados y dejarme pensando que si yo misma en vez de Kitty y una maleta hubiese llevado un bebé en mis brazos y un coche, no hubiese sido tan afortunada de irme en auto.