martes, 7 de agosto de 2018

Tristeza.-

Es como si la vida se hubiese transformado en un espiral de tristeza.
En ese espiral estaba yo al centro y en la cima más gruesa desde donde podía ver su hondura y abismo.
Sin embargo, nada me importaba menos que aquella tristeza.

En la cima del espiral tenía mi habitación y en mi habitación un espejo.
La habitación la utilizaba para esconderme del vértigo al abismo de la tristeza, de mi tristeza.
Del vértigo del abismo de aquella tristeza.
Y por el espejo se asomaba un demonio que era el demonio de mi alma de mi tristeza.

El demonio me atormetaba con su cara de demonio.
De la maldad que mi alma había acumulado después de tanto tiempo de tristeza.

En esa fantamagoría yo era solo un observador sacando calcúlos de la distancia en la cual me encontraba desde los orígenes de esa tristeza.

Sabía completamente sus inicios, qué era lo que la había provocado y veía a este demonio cómo se alimentaba de su conciencia.

Al demonio a veces le daba por rechinar los dientes mandibuleando que algo se había tragado,
Algo que no debío tragar. Su tristeza.

Yo le respondí que no estaba para chistes,
Y le preguntaba por qué un demonio de tristeza se podía ver obligado a tragar su tristeza.
A lo que él me respondío que todos tenemos una salvación y un destino.
Lamentablemente, su destino había llegado primero que su salvación.

Quizás a mi me había pasado de alguna manera lo mismo que a ese demonio.
Quizás yo era la responsable de que aquel espiral creciera y estar en aquella cima, o quizás no.
Quizás sólo era mi destino de destierro de tristeza y de compañero un demonio que vivía en un espejo,
Condenado a ahogarse, a mandibulear, a vomitar de vez en cuando por haberse tragado su tristeza.