domingo, 14 de mayo de 2017

Instrucciones para aprender a vivir sin fe.-

Natalia se levanta en las mañanas queriendo vivir con fe. Va a darse su ducha matutina, para despertar y cerciorarse de que ese sentimiento matutino es la prueba irrefutable de la ausencia de fe.
Natalia, se viste. Va a la cocina para prepararse su desayuno, se dedica a trabajar, regresa de su trabajo, lee un libro, mira una película, se conecta a internet y habla con sus amigos. Queda con sus amigos para ir al cine, para ir a un bar, para juntarse en Bulnes a fumarse un porrito y tomarse un vino. Natalia, vuelve a casa. Natalia, está sola. Natalia, sobrevivió un día más sin fe.





Natalia.-

Cuando me nombran Natalia es como si la gente se refiriese a alguien que no existe.

"Natalia", me dicen.
Y ahí voy yo respondiendo.
Yo que no soy Natalia.
Yo que soy aquello más allá del nombre.
Un vestigio de inocencia marchito.

Natalia, siempre me ha sonado tan extraño y ajeno.
Quisiera llamarme Distorsión Diáfana de la Memoria.
Música, Paz.

Natalia, no invita.
Natalia, es un nombre tosco que segrega.

Natalia, la risa en la boca.
Natalia, el llanto de lejanía.
Natalia, los ángeles y demonios.
Natalia Silvestre. Natalia.

¡Ay Natalita! Dijera mi padre.
Natalita.

La Natalia que nombran.
Vive de mi, se disfraza en mis pieles.
Pero no soy yo.
Yo soy Distorsión, yo soy Diáfana, yo soy Olvido.
Yo soy no ser, yo soy tu ser.
Yo soy en todo, yo no existo.
Existe una mediocre versión de mi misma,
la más famosa.
A la que la gente cotidianamente nombra Natalia.


jueves, 11 de mayo de 2017

Aprendiendo a vivir sin fe.-

Decían que había que levantarse todos los días temprano,
para ir a la escuela a que uno aprenda.
A leer, a escribir.
Entonces aprendí aquellas cosas;
levantarme temprano desde mi infancia, como un acto brutal.
En el que cada mañana siendo niña me levantaba con arcadas,
Dolor de estómago por una fatiga que desde entonces nunca supe entender.
Con unas náuseas que sólo me permitían sentir el deseo de acostarme otra vez.
 Aprendí a leer y aprendí a escribir.
Y aprendí a ver la facilidad de algunos niños para éste aprendizaje y la dificultad de otros para el mismo.

Decían que había que creer en Dios,
quién había enviado a su hijo unigénito a morir por los pecados de nosotros,
tristes mortales.
Pero no solo había que creer,
nunca bastaba con la fe.
Porque también decían "que la fe sin obras es muerta".
Entonces, había que ser honesto con la fe de uno.

Decían que una señorita debe saber comportarse,
que no debía jugar al balón pie,
ni eructar después de tomarse un vaso de bebida.
Que había que aprender a cocinar "porque al hombre se le conquista por el estómago",
que había que ser recatada,
cuidar de una apariencia, en cuánto a estilo e higiene puedo referirme.
Y había que cuidar de una fama, porque a la gente le gustaba hablar mal de las niñas que no son "señoritas".

Decían que una mujer no puede ser vista haciendo cosas de hombres,
porque esas mujeres, son mujeres "amachadas".
"Juanas tres cocos", les llamaban.
Que una mujer no puede besar a otra mujer, porque es pecado.
Que una mujer debía ser "buena dueña de casa".
Para lo último decían; que había que aprender a planchar, a sacarle el percudido a las camisas, a tejer, a bordar.
Yo aprendí todas estas cosas que me decían.

Decían que no había que salir a la calle porque es peligroso,
que había que quedarse en casa para esperar a Papá para tomar onces.
Decían que no había que salir a la calle a jugar con esos niños,
porque ellos estaban creciendo para delincuentes.
Y uno crecía nunca supe para qué.

Decían que hay que casarse, tener hijos.
Criar esos hijos.

Decían tantas cosas...
Tantas cosas sin sentido.
Que después de todo lo que dijeron,
lo más importante fue aprender a leer y a escribir.
Hoy aprendo a vivir sin fe en las cosas sabidas,
más bien perdí la fe.
Me levanto tarde en los días de invierno,
y trato de seguir aprendiendo a leer y a escribir.




miércoles, 10 de mayo de 2017

No es el que espero.-

A veces, cuando por las noches el Olvido quiere abrazarme me acuerdo que te espero.
Me doy vueltas en ésta cama de pobres a la que vine a parar y le digo: No eres el que espero.
Pero él se queda muy "aquí te las traigo Peter" echado en mi cama,
al lado mio, diciéndome que "le espero".

Yo lo miro. Muy poco la verdad
pero el Olvido habla sólo echado a mi costado y me cuenta de su día.
Dice, que trabajar en las agencias de olvido está cada vez más crítico, 
que ya no le gusta ésta ciudad porque siente que es vivir en olvido, apartado del mundo.
Que a sus padres ya casi los olvida, porque ha vivido mucho tiempo en olvido.

Yo no digo nada, 
permanezco "impertérrita", como diría Carlos Pinto.
"Total", pienso. A éste se le va a olvidar quién soy yo y cómo llegar hasta mi cama "y si te he visto no me acuerdo".
Al final del día, no es el que espero.

Pero ¿A quién espero? 
Ya lo olvido.
Y en éste olvido de esperar al que creo que espero aparece el Olvido.
El Olvido que no es el que espero, pero que cada noche me llena de historias de olvido.
Y ahí voy yo nuevamente, audaz: ¡Que tú no eres el que espero!
Pero el Olvido ya se durmió a mi lado, porque estaba cansado después de su día laboral.
Aferrado a mi cama pobre,
el Olvido sueña que le olvido.
Y yo ya siento que todo lo he olvidado.
Porque miro a mi corazón y ya no hay nada absolutamente de lo que espero.
Me siento vacía en este olvido.
Estafada.
Nunca me dijeron que después de endurecerse a uno se le acababan los sentimientos,
y no me refiero a un sentimiento de amor u odio,
o a un sentimiento de espera,
Me refiero a esa gran gama de cosas "sentibles" que podrían llegar a sentirse.
No se siente nada.
No me advirtieron de éste vacío.
De ésta vacía noche de nada,
en mi cama de pobre y de compañero el Olvido.
El Olvido que vuelve cada noche a poblarme,
a habitar mis muros, 
a abrazarme cuando me pilla durmiendo, para que no le diga que no es el que espero.