Se repiten los rostros,
las palabras,
las bienvenidas.
Se repiten los abrazos,
los encuentros,
las huídas.
Se repiten los miedos,
las cobardías,
las inseguridades.
Se repiten las seguridades,
las decisiones,
las palabras.
Se repiten los amores,
las calles,
los restaurantes.
Los aromas,
las búsqueda de tu mirada en una esquina triste.
La búsqueda de mi alma en una estación de metro.
Se repite todo.
Todo siempre se repite.
martes, 17 de octubre de 2017
domingo, 8 de octubre de 2017
Río.-
Anoche te ví,
Ibas preguntando si estoy enamorada.
Mientras manejabas un auto que nos llevaba a ningún destino.
No lo sé te dije,
Entonces caíste en tus artilugios pre - hechos del ser y estar.
Yo nadaba en un río turbio que no sabía a dónde me conducía.
Las personas que iban en balsas a mi alrededor no me ayudaban,
La corriente era fuerte.
Yo podía nadar. No los necesitaba.
No había miedo.
Tú me esperabas en un borde del río con manos extendidas para sacarme del agua.
Nos fuimos caminando, un perro apareció en el camino y lo adoptamos.
Nos fuimos a una casa olvidada,
Donde nada era nuestro.
Y tú le decías a la gente que todo nos pertenecía.
De alguna forma todas las cosas del cuarto habían sido nuestras en un tiempo pasado.
Me sentí ajena en una casa llena de recuerdos que no eran míos.
Tú me decías que no me preocupara, que todo va a estar bien con la voz tan tranquila de siempre.
Me tomaste en tus brazos y me llevaste a la cama con tu suavidad de siempre.
Para desnudarme poco a poco,
Despojándome de mis ropas con el barro del río.
En lo único que pensabas era en mi sexo.
La lujuría se te clavo en la mirada.
Mientras mirabas absorto mi sexo de tus sueños.
Para depositar en él un beso, un tierno beso.
Y cerrar tus ojos para entregarte al placer de un fruto añorado, de una fruta madura.
Alguien nos observaba atrás de una puerta.
Y te levantaste para ver qué sucedía.
Cuando volviste te pedí que me cogieras,
Entonces ya no nos importaba ser observados.
Luego de tu piel, los abrazos y el orgasmo.
Los testigos se disiparon.
Tú fuiste a averiguar por qué nos observaban.
Yo me sentí más sucía que nunca y necesitaba ir a bañarme al río.
Ibas preguntando si estoy enamorada.
Mientras manejabas un auto que nos llevaba a ningún destino.
No lo sé te dije,
Entonces caíste en tus artilugios pre - hechos del ser y estar.
Yo nadaba en un río turbio que no sabía a dónde me conducía.
Las personas que iban en balsas a mi alrededor no me ayudaban,
La corriente era fuerte.
Yo podía nadar. No los necesitaba.
No había miedo.
Tú me esperabas en un borde del río con manos extendidas para sacarme del agua.
Nos fuimos caminando, un perro apareció en el camino y lo adoptamos.
Nos fuimos a una casa olvidada,
Donde nada era nuestro.
Y tú le decías a la gente que todo nos pertenecía.
De alguna forma todas las cosas del cuarto habían sido nuestras en un tiempo pasado.
Me sentí ajena en una casa llena de recuerdos que no eran míos.
Tú me decías que no me preocupara, que todo va a estar bien con la voz tan tranquila de siempre.
Me tomaste en tus brazos y me llevaste a la cama con tu suavidad de siempre.
Para desnudarme poco a poco,
Despojándome de mis ropas con el barro del río.
En lo único que pensabas era en mi sexo.
La lujuría se te clavo en la mirada.
Mientras mirabas absorto mi sexo de tus sueños.
Para depositar en él un beso, un tierno beso.
Y cerrar tus ojos para entregarte al placer de un fruto añorado, de una fruta madura.
Alguien nos observaba atrás de una puerta.
Y te levantaste para ver qué sucedía.
Cuando volviste te pedí que me cogieras,
Entonces ya no nos importaba ser observados.
Luego de tu piel, los abrazos y el orgasmo.
Los testigos se disiparon.
Tú fuiste a averiguar por qué nos observaban.
Yo me sentí más sucía que nunca y necesitaba ir a bañarme al río.
Corazón de perro.-
Dicen que los asesinos siempre vuelven al lugar del crimen.
Quizás por eso, de alguna manera siempre vuelves a mi.
A echarle un vistazo a eso que mataste en tus manos.
A ver qué tan frío o tibio está el cadáver que dejaste un día.
Seguro a veces repasas las escenas macabras en las que con tus manos extirpaste mi corazón para dárselo a unos perros callejeros.
Unos perros que más bien eran arquetipos de tu egoísmo proyectándose en ése instante.
Seguro aún no te olvidas como mi sangre tibia corría en tus manos.
Primero unos hilitos de sangre, tras la primera estocada al pecho.
Unas gotas te salpicaron la cara y el olor de esa sangre se grabó en tu conciencia. Entonces desde ése instante estuviste destinado a volver de cuando en vez a revisar la escena del crimen.
Luego de la segunda estocada los hilos de sangre ya eran ríos que brotaban de mi pecho.
En tu cara el espanto, al verme cayendo moribunda.
Te arrodillaste en mi regazo, me arruyaste en tus brazos, diciendo: "Pobrecita, se muere".
Al tender mi cuerpo moribundo, el asfalto transfiguraba un sol yaciente a mis espaldas.
O quizás ese sol era el calor de mi sangre en el suelo por mi apuñalado pecho.
Te acercaste a mi oído para susurrarme: "Te amo".
E introdujiste tu mano como símbolo fálico en mi pecho para sacar mi corazón y esparcirlo entre los perros.
Tus ojos me miraban fijamente, los signos de tu propia catarsis emergían en tu rostro. Como los de tu signo Acuario.
El placer y el extásis empoderados de tu cuerpo. Y en tu ojo derecho una lágrima de cocodrilo.
Sé que me recuerdas como aquello que asesinaste. Y de vez en cuando regresas a mi. Como cualquier homicida a la escena del crimen.
Yo te pido, ya no vuelvas.
Déjame descansar en paz.
Quizás por eso, de alguna manera siempre vuelves a mi.
A echarle un vistazo a eso que mataste en tus manos.
A ver qué tan frío o tibio está el cadáver que dejaste un día.
Seguro a veces repasas las escenas macabras en las que con tus manos extirpaste mi corazón para dárselo a unos perros callejeros.
Unos perros que más bien eran arquetipos de tu egoísmo proyectándose en ése instante.
Seguro aún no te olvidas como mi sangre tibia corría en tus manos.
Primero unos hilitos de sangre, tras la primera estocada al pecho.
Unas gotas te salpicaron la cara y el olor de esa sangre se grabó en tu conciencia. Entonces desde ése instante estuviste destinado a volver de cuando en vez a revisar la escena del crimen.
Luego de la segunda estocada los hilos de sangre ya eran ríos que brotaban de mi pecho.
En tu cara el espanto, al verme cayendo moribunda.
Te arrodillaste en mi regazo, me arruyaste en tus brazos, diciendo: "Pobrecita, se muere".
Al tender mi cuerpo moribundo, el asfalto transfiguraba un sol yaciente a mis espaldas.
O quizás ese sol era el calor de mi sangre en el suelo por mi apuñalado pecho.
Te acercaste a mi oído para susurrarme: "Te amo".
E introdujiste tu mano como símbolo fálico en mi pecho para sacar mi corazón y esparcirlo entre los perros.
Tus ojos me miraban fijamente, los signos de tu propia catarsis emergían en tu rostro. Como los de tu signo Acuario.
El placer y el extásis empoderados de tu cuerpo. Y en tu ojo derecho una lágrima de cocodrilo.
Sé que me recuerdas como aquello que asesinaste. Y de vez en cuando regresas a mi. Como cualquier homicida a la escena del crimen.
Yo te pido, ya no vuelvas.
Déjame descansar en paz.
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