domingo, 8 de octubre de 2017

Corazón de perro.-

Dicen que los asesinos siempre vuelven al lugar del crimen.
Quizás por eso, de alguna manera  siempre vuelves a mi.
A echarle un vistazo a eso que mataste en tus manos.
A ver qué tan frío o tibio está el cadáver que dejaste un día.
Seguro a veces repasas las escenas  macabras en las que con tus manos extirpaste mi corazón para dárselo a unos perros callejeros.
Unos perros que más bien eran arquetipos de tu egoísmo proyectándose en ése instante.
Seguro aún no te olvidas como mi sangre tibia corría en tus manos.
Primero unos hilitos de sangre, tras la primera estocada al pecho.

Unas gotas te salpicaron la cara y el olor de esa sangre se grabó en tu conciencia. Entonces desde ése instante estuviste destinado a volver de cuando en vez a revisar la escena del crimen.

Luego de la segunda estocada los hilos de sangre ya eran ríos que brotaban de mi pecho.
En tu cara el espanto, al verme cayendo moribunda.
Te arrodillaste en mi regazo, me arruyaste en tus brazos, diciendo: "Pobrecita, se muere".
Al tender mi cuerpo moribundo, el asfalto transfiguraba un sol yaciente a mis espaldas.
O quizás ese sol era el calor  de mi sangre en el suelo por mi apuñalado pecho.

Te acercaste a mi oído para susurrarme: "Te amo".
E introdujiste tu mano como símbolo fálico en mi pecho para sacar mi corazón y esparcirlo entre los perros.

Tus ojos me miraban fijamente, los signos de tu propia catarsis emergían en tu rostro. Como los de tu signo Acuario.
El placer y el extásis empoderados de tu cuerpo. Y en tu ojo derecho una lágrima de cocodrilo.

Sé que me recuerdas como aquello que asesinaste. Y de vez en cuando regresas a mi. Como cualquier homicida a la escena del crimen.

Yo te pido, ya no vuelvas.
Déjame descansar en paz.

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