martes, 30 de octubre de 2018

31.-

Es difícil sentarse a escribir últimamente tratando de buscar en todos los recovecos de mi ser un espacio donde hayan emociones intensas.
Quiero decir, a veces quisiera tener mucha nostalgia y poder escribir de eso. Decir que la nostalgia es qué se yo... un fantasma ineludible o cualquier cosa con sentido profundo que viniera a mi mente. Pero no siento nostalgia.

Sin querer.-

Quizás, sin querer, yo ya me había despedido de la próxima vez que te encontrara:
¿Cómo estás? Qué tal la vida? Ya le hallaste sentido a tu existencia?
Y me respondías con la misma parsimonia de siempre.
- Pues yo sí, todo bien y tranquilo. En casa nada falta y soy feliz.

Quizás, yo, sin querer ya me había aprendido la respuesta.
Y había aprendido esa calma con la que manifestabas la tranquilidad de esos días, de tus días.
Entonces yo ya me había separado de ti, desde antes de verte, desde antes de saludarte y desde antes de oirte.

Sabía que llegarías humilde y cabizbajo a decirme: Hola.
A preguntar de mis amores, de mis orgásmos, de todo lo que pudiera existir en los parámetros de mi vida posible.
Y yo ahí iba con ojos agudos respondiendo lo que, más que todo, no te interesaba escuchar.
Aún así, jamás había llegado el momento de la confesión.
Tú siempre tanteando cómo estaba yo.
Penetrando mis ojos esquivos con tus ojos tristes.
Ya me había enamorado?
Pues no.
Entonces luego de eso, el tiempo volvía a estar de tu favor.
Para ser feliz en tu vida y llevar las preocupaciones de tu hogar.
Anclando en mi,  un nuevo espacio de "sin querer".

Si el desamor podía medirse en la felicidad o infelicidad del otro.
Entonces mi otredad te galardonaba y eras un ser superior.
Yo por mi parte estaba tan pan con matequilla como siempre en esa escena. Sin querer, más común que corriente.
Siempre dejaba, sin querer, que tus ojos tristes examinaran mi cansado y entusiasta rostro,
desde tu otredad y conceptos. Hacia todo aquello que una vez más, yo comenzaba a olvidar.