lunes, 16 de enero de 2017

El patio de la abuela.-

Recuerdo que de niña algo que me marcaba mucho era el patio de mi abuela.
Era demasiado grande para mi pequeñez.

Desde el ante-jardín había que girar hacia la izquierda para tener acceso a abrir un portón negro que daba a un pasillo de unos diez metros de largo que daba a otro patio cubierto de parras de otros cinco metros de largo y de ahí yo giraba a la izquierda nuevamente y subía una escalera de escalones de cemento gigantes al departamento que la tía Isabel había construído ahí. Luego de que decidió mudarse nuevamente con la Abuela, y yo decidiera mudarme donde mi abuela que me dejó en la casa de la tía Isabel porque Carlitos usaba en esos tiempos su única habitación libre.
La abuela tenía su casa al frente, directo desde el ante-jardín se podía acceder a su casa. Luego en el patio donde estaban las parras había otra casa de dos pisos que la tía Isabel había construído antes del departamento y ahora se arrendaba a terceros, luego en la parte de atrás estaba el taller de máquinas de la abuela donde ella cosía con las señoras que habían trabajado para ella casi toda su vida. En un lado estaban las máquinas de coser y en el otro lado ella tenía las planchas y máquinas de planchar. Arriba de eso se había construido el nuevo departamento de la tía Isabel, que era un piso completo en el que antes siempre hubo una sola pieza muy modesta y más de la mitad de ese piso era ocupado por la abuela para recibir sus telas y tener sus mesas para cortar las telas y su máquina de cortar que a mis ojos infantes siempre pareció una nave espacial.
Atrás de eso estaba el galpón, que servía de comedor para los trabajadores de mi abuela. Había una cocina con mesa y todo el equipamiento necesario para los trabajadores. Una mitad del galpón se utilizaba con percheros que iban acumulando las prendas que se producían. En la parte trasera del galpón había otra modesta pieza que alguna ve fue la casa de mi familia y vivimos ahí con mis padres y hermano mayor. Cuando nosotros eramos muy pequeños y luego con el paso de los años ya solo estuvo abandonada.
El galpón tenía una puerta al costado izquierdo, esa puerta daba a otro pasillo de otros diez metros que era el largo del galpón y se llegaba a otro patio. En este patio había una Higuera gigante, era el espacio donde la abuela nos instalaba la piscina en verano, teníamos algunos juegos construidos con troncos de madera gigantes, una pecera incrustada en el medio del patio donde alguna vez hubieron peces. Y otro galpón lleno de cachureos de todo tipo, cachureos que hoy recuerdo y me parecen tesoros que deberíamos haber conservado porque eran simplemente geniales. Discos de vinilos de toda clase y género, colecciones de libros universales en sus primeras ediciones, máquinas de escribir antiquísimas y en diferentes modelos, algo así como "la historia de la máquina de escribir". Accesorios de camping, etc. Eso que en esos tiempos era considerado "basura sin utilidad".
La casa de la abuela era gigante, sí.
El desafío de mi adolescencia era atravesarla a oscuras.
Claro, en la noches de invierno en que la abuela ya estaba acostada viendo tele. Carlos andaba en cualquier parte, quién sabe. La tía Isabel no llegaba del trabajo, Andrés andaba quizás pololiando, el tipo que arrendaba la casa del medio se había retirado y no había nadie más con la capacidad de abrir esa puerta a las siete o ocho de la noche. Si no myself. Y por supuesto que si alguien buscaba a esas horas y no había nadie más, era que estaban buscando por mi. ¿Quién era?
Tenía que bajar del departamento, cruzar la parras, cruzar el patio por el pasillo para no meterle ruido a la abuela, abrir ese gigante portón negro, llegar al ante-jardín, prender la luz y ver quién era.
A veces eran mis amigos, o los amigos de Carlitos, o de Andrés. A veces no era nadie, se habían ido o solo era alguien que nos había hecho un rin-rin raja y se había esfumado.
A veces yo regresaba oscuro en la noche y tenía que hacer todo el viaje a través del patio para poder llegar al depa y luego a mi pieza. Y siempre tuve miedo.
Una vez, cuando mi hermano mayor, Jorge, cumplió trece años y yo sólo tenía siete jugamos a las escondidas de noche y yo juro que ví un fantasma. Esa imagen me quedó siempre en la memoria. Yo pensé que ví a Andrés que se escondía, pero después Andrés apareció atrás mío en un par de segundos y ahí nunca hubo ningún niño. Lo juro. O lo juré. Y el miedo cumplió el rol que siempre ha causado en mi, parálisis. Me paralicé por años en la oscuridad de ese patio.

Sin embargo, recuerdo que con el tiempo hubo algo que me ayudó a vencer mi miedo.
Y era que por las noches cuando Carlos ya había regresado a casa y tomábamos once los cuatro, con la tía,  Andrés y yo. Yo bajaba a conversar con mi primo en la casa de adelante, para lo cual al menos debía atravesar la oscuridad del galpón y los parrones. Y nos quedábamos ahí charlando, viendo películas. Era grato.

Muchos saben cómo termina la historia, acá va sin embargo.
La abuela murío, la casa se vendío, yo volví con mis padres, Carlos volvío con su madre, la tía Isabel se casó e hizo su familia con Pancho y Andrés.

Cuando me mudé a vivir al centro de Santiago años después, en el 2007.
Mi primo Carlos tenía su departamento a unas cuadras del que sería mi departamento. Quizás, en verdad eran unos quince minutos caminando.
Con mi primo retomamos las visitas semanales, las onces, los almuerzos, las películas.
Yo le decía que esas cuadras eran como el patio de la abuela, una extensión de espacio, cuadras que nos unían.
Hoy vuelvo a Chile, llego a casa a las tres de la madrugada de un Lunes.
Mi primo me dejó en la puerta de mi edificio, el vuelve a su departamento que está al frente de este nuevo edificio en el que estoy habitando junto a mi hermano menor Juan. Su mujer y su hijo lo esperan. El patio se ha achicado, muchos años han pasado, la familia ha crecido, somos más felices de lo que nunca fuimos, estamos maduros, nos amamos y entendemos más que nunca.
No hay oscuridad, no hay fantasmas, no hay parálisis, no hay miedo.



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