jueves, 22 de octubre de 2015

Desvarío número 1 (Cartas a Joseph).-

Nuevamente me encuentro en este puente tétrico, “por decir algo”.
Y voy a atreverme a decir algo bastante imbécil… siento las pulsaciones en mis nalgas ¿No parece bastante “loco”?
Si no me equivoco ésta es la vigésima segunda vez que comienzo ésta misma idea con distintas ideas, y me ha resultado tan arduo y tan comprometedor que no me he atrevido a continuarlo, no me he atrevido.

Sin embargo, hoy cuando te ví que te marchabas en la mañana sentí un deseo enorme de apretarte contra mi pecho hasta asfixiarte… quise poseerte de forma brutal, quise hacerte el amor como un loco enfermo y que te quedaras a mi lado recostada diciéndome que me amabas.
Pero sólo pude taparme por completo con las sábanas y simular que dormía, y por si no lo notaste dormía un poco molesto porque estabas haciendo demasiada bulla.

Voy a decir un tipo de pensamiento que seguro te emocionará hasta las lágrimas. Jamás me gustó como me hacías el amor… tu forma tan meliflua y recatada. Tan sonora y mezquina, me ha hecho pensar mil veces en las cosas que piensas cuándo estás conmigo, porque evidentemente piensas en algo o te refugias en un mundo en el que sin lugar a dudas yo no estoy. Mi pregunta a continuación es ¡¿Por qué no estoy, demonios?!  En realidad no lo sé, no lo sé ¿Sabes?
No soy un sádico,  un enfermo de esos novelescos pero tampoco soy lo que tú piensas. Y es así de complejo, junto con mi deseo de la mañana sentí satisfacción porque te marchabas y es así de paradójico; porque mientras más te amo, más te odio. Y  mientras más lejos te quiero, más cerca estás.

No sé a qué se deban mis ganas de llorar en este momento, quizás sólo a las ganas de postergarte un rato más en mi mente, en mi memoria.  A lo mejor solo a este cielo nublado que me hace dudar de todo lo pensado.
Pero me recorre una melancolía triste y sincera, un no saber qué fue, qué nos sucedió.

Aún así trato de pensar y dar mil vueltas a las situaciones que nos rodearon, las cosas en los que nos vimos envueltos una y otra vez; tú linda y mezquina sentada en algún banco en alguna plaza fumando un porrito. Yo por otro lado insomne tratando de descifrar tus juegos, tus sonrisas, el por qué de tu paranoia, las cosas que me sometían a tu perfección infame,  a tu inteligencia sordomuda… más no era capaz de hacer otra cosa. Cuando llegabas me costaba abrir los brazos para abrazarte y mirarte tan solo la espalda. Te lo digo de verdad.

A pesar de la tortura pude someterme a tu mundo deseable dejando con ello mis vísceras y mi orgullo un poco de lado para ahondar en tu holograma. Me costó encontrar y descifrar que así también yo te inmiscuía en mis profundos abismos, tortuosos…

No hay comentarios:

Publicar un comentario