martes, 20 de octubre de 2015

Tuve que vivir para curarme de lo vivido.

Hace muchos años atrás, en mi adolescencia pasé por el típico período existencialista.
No sé si a todos les ha ocurrido, en mi ignorancia pienso que sí y que si  alguna persona no ha tenido un período existencialista pues lo tendrá alguna vez.
Recuerdo que en ese momento solía pensar que la vida era triste y no tenía sentido, así tal cual y sin más reparos un día me dí cuenta que todo era efímero, ante esto para mí el pensamiento “lógico” fue que simplemente la vida en ciertas aristas (sino todas) carecía de sentido y por consecuencia no valía la pena ser vivida ¿Para qué vivir una vida carente de sentido y poblada de soledad, en un mundo indiferente a la tragedia humana? Me camuflé bajo la sombra de Camus, Sábato, Nietzsche, entre otros.
De alguna forma podía justificar el sinsentido de la vida y disfrutarlo, pero lo cierto es que este finísimo pensamiento de alguna manera vertía en mí un adictivo elixir que me atrapaba, me hundía y me aislaba de otras realidades.
Más allá de muchos pensamientos que tuve en esta etapa recuerdo hoy el de la soledad, que quizás es el sentimiento que me ha marcado en diferentes etapas de mi vida. ¿Por qué? Crecí en una familia rodeada de hombres, donde todos los juegos y actividades eran creados para y por hombres y sentía que no encajaba ya que los niños me aislaban. Yo notaba fuertemente nuestras diferencias que a esa edad no eran más que de género, cuando quería participar de otros ambientes familiares, que era el mundo de los adultos, se me privaba ya que “eran conversaciones de grandes” y no podía participar.
Recuerdo que quizás a los siete años, o quizás 6 fue la primera vez que me sentí sola o me dí cuenta de que lo estaba, hoy que miro para atrás me doy cuenta de que  básicamente no tenía con quién jugar en mi casa, era la más pequeñas y los niños grandes gozaban también otros privilegios aparte de ser hombres… Cuando mi hermano menor creció también pagó las consecuencias de esto porque se transformó en mi conejillo de indias.

Pero recuerdo ese sentimiento de soledad y que los días eran eternos, estaba muy aburrida siempre, mi papá hacía que leyera libros en el verano si quería salir en las tardes a jugar con mis amigas del pasaje “era la condicional”.  Sin embargo, en mi adolescencia la soledad se transformó en algo más concreto para mí ya que no sólo la percibía en instantes si no que de cierta manera lograba entenderla. Pasó un tiempo oscuro en el que creí fervientemente que mi destino era estar sola toda mi vida, lo malo es que cuando pensaba en eso en ese momento era algo deprimente, un destino que no había elegido pero que estaba obligada a vivir.

A mis 22 años aproximadamente tuve la oportunidad de leer “Los laberintos de la soledad” de Octavio Paz y entendí que muchas veces la diferencia entre las personas es lo que nos lleva a sentirnos solos, recuerdo que Paz en este libro ejemplifica como los mexicanos exageran sus vestimentas en un entorno gringo para hacer notar su diferencia que no es nada más que soledad o lejanía de su patria y a estas personas las denominaba “pachucos” ya que no eran ni mexicanos ni gringos, solo eran un raro espécimen en medio de un entorno que no los recibía o percibía como ellos anhelaban luego al volver a su patria sufrían el mismo rechazo y desintegración.

Luego de haber pasado por diferentes procesos en los que me he sentido sola creo que he llegado a pensar que  la soledad realmente no existe, si no más bien muchas veces sólo es el miedo a encontrarnos con nosotros mismos… un miedo que en cierta forma aprendemos de la sociedad, que se nos inculca desde pequeños, porque al estar siempre rodeados de personas no alcanzamos a entender el por qué de eso, por qué se agota la compañía  en algún momento, normalmente no se nos da la oportunidad para apreciar nuestra soledad.

Hace un tiempo atrás me encontraba viajando por Isla de Pascua, lugar al que fui sola. Un día recibí un mensaje por whatsapp de un amigo que me preguntaba dónde estaba, yo le dije que me encontraba de vacaciones en Isla de Pascua, entonces su siguiente  pregunta fue ¿Con quién?  Sola, le respondí. Y luego de eso le pregunté ¿Pero, qué es la soledad?

Lo cierto es que estaba viviendo en un camping, con al menos 30 personas más con los cuales interactuaba todo el día. Y de ahí surgió la amistad con Andrés, un chico que trabajaba de buzo en la isla. Nos contamos toda la vida y resultaba que incluso su mejor amiga de la infancia había sido vecina de mi abuela en Andes con Robles, Quinta Normal. Lugar donde yo viví muchos años de mi infancia y adolescencia. Y su papá vivía en Carrascal, muy cerca de la casa que mi tía Isabel arrendó por años. Las cosas de la vida, incluso él conocía a todos los chicos que solían juntarse en la plaza de Alcerreca que eran muy amigos de mi primo Carlos. Con Andrés nos hicimos muy amigos fácilmente porque teníamos muchas cosas en común, me presentó al dueño de la compañía de buceo, quien me ofreció trabajo y alojamiento para que me quedara en la isla. Conocí a otros amigos también con los que nos hicimos muy cercanos y hasta hoy mantenemos el contacto. El día que me tocaba viajar de regreso a Santiago, tenía un puñado de personas que no querían que abandonara la isla y yo tampoco quería hacerlo, pero debía.

Posterior a eso me encontré planificando todos los últimos detalles para el más grande viaje de mi vida (hasta el momento), cambiarme de país y venir a vivir a Australia. Recuerdo que en las últimas conversaciones que tenía con amigos y colegas en mis fiestas de despedida, almuerzos, etc. Todo el tiempo las preguntas eran ¿Por qué te vas tan lejos? ¿No te da miedo estar sola? Y yo respondía que necesitaba estar lejos por un tiempo, y que no temía a la soledad.

Me he dado cuenta que la soledad realmente no existe, a donde quiera que vayas siempre habrá gente con la cual conversar al menos y aunque tú no quieras tarde o temprano en donde quiera que estés encontrarás un puñado de personas que empezarán a tonarse importantes en tu vida. Pero para mí esto siempre fue verdad, siempre lo viví así solo que en mi adolescencia no era capaz de entender que la soledad no tenía nada de malo ni deprimente yo la tornaba deprimente al buscar el sentido de la vida y darme cuenta que después de todo me gustaba estar sola y quería estar sola en mi vida, pero me negaba a aceptarlo, porque tenía un condicionamiento y aprendizaje social que me decía que era malo y las personas me hacían sentir como “bicho raro” y mi culpa era que me creía esa historia y me hacía infeliz.

Recuerdo la soledad que sentí cuando me separé e incluso la angustia que sentía antes de la separación. Yo sabía que las cosas no iban bien y que debía tomar una decisión, pero el único hecho de pensar que estaría sola y extrañaría demasiado a esa persona con la que había vivido por siete años me daba miedo y me frenaba en mi decisión. No quería asumir mi soledad, que después de muchos años de pasada la adolescencia volvería a tomarse el escenario de mi vida. Volvería a transformarse en el “tópico”. No sé cómo lo hice… pero entre enojo, pena, rabia y frustración un día solo dije “no puedo más”, no podía más, esa era la triste verdad. Me separé y asumí mi soledad, mi destino… me di cuenta de que no necesitaba a nadie para que validara mis decisiones y con esto me refiero a la sociedad, al que fue mi marido, a mis padres, a mis hermanos y primos, a mis amigos. Me di cuenta que nadie nunca en mi vida tomó mejores decisiones por mí que yo misma y si me equivoqué en algo, que por cierto lo he hecho no culpo a nadie, no puedo culpar a nadie más que a mí misma. Pero me di cuenta que estaba sola y siempre estuve sola en medio de toda esa gente que me rodeaba y no era nada malo, al contrario, era bueno. Porque desde mi soledad yo maduraba las ideas y le devolvía al mundo mi visión idealista de las cosas, cuando me encontraba con mi amigas les entregaba palabras de amor, cuando mi mamá estaba triste le daba palabras de aliento, cuando la gente lloraba yo la abrazaba, cuando alguien estaba enojado yo lo hacía sonreír y es algo que trato de hacer hasta el día de hoy, pero si no fuera por mi soledad no podría hacerlo, no podría encontrar mi estado zen. Si no fuera por mi soledad no podría escribir, no podría pintar y son un par de cosas de las que más amo hacer en mí vida. Pero no tendría maduración de ideas si no fuera por mi soledad, y yo lo siento, pero aprendí a amar el pensar… aunque sean idioteces, lo amo.

La vida a veces da giros inesperados, desde mi soledad soy muy consciente de eso y luego de ver el comportamiento de muchas personas que han estado en mi vida acompañándome por largos años sé que mi soledad es el único espacio protegido que tengo para mí. Y sé que estar aquí donde estoy hoy día fue una de las mejores decisiones que tomé en mi vida. Aunque a veces el bullicio del mundo quiera irrumpir destruyendo o desordenándolo todo, cuestionando o confrontándome, al final del camino siempre soy yo conmigo misma abrazando la vida, creyendo en el paso y ritmo de mis pies cansados, curándome con amor, en mi espacio, en mi tiempo, en mi momento, en mi vida.
Tuve que vivir para curarme de lo vivido, tuve que entender que nadie puede hacerme daño.





No hay comentarios:

Publicar un comentario