Recuerdo que desde que fui niña quise mucho a mi papá,
acostumbraba pasar con él mucho tiempo de mis días en mi infancia… salíamos
juntos a diferentes lugares, pero una de las cosas que más me gustaba hacer era
ir a trabajar con él.
Cuando era pequeña mis padres tenían un almacén en la casa y yo
atendía con mi papá, mientras él estaba ahí yo lo acompañaba y me dedicaba a
pintar cuadros en acuarela o veía televisión. Papá me regalaba dulces que eran
unas rositas de caramelo blancas o rosadas que adentro tenían un maní o a veces
me regalaba una de esas barras “Golpe”
que en ese tiempo eran mis favoritas. A veces
íbamos los dos juntos y solos a la casa de la abuela, a veces me llevaba a que me pusieran inyecciones
en el consultorio, también recuerdo que muchas veces cuando fui niña y necesité
sacarme sangre por algún motivo papá casi siempre iba conmigo… creo que él ha
sabido mejor que nadie que siempre he odiado las agujas y me ha visto llorar
desde pequeña por esa razón.
Papá siempre se dedicó a muchos oficios; jardinero, pintor,
maestro chasquilla, entre tantos… pero mi favorito siempre fue “cachurero”, le
gustaba recolectar todo tipo de cosas
que ya no se utilizarían en el galpón de la casa de la abuela que siempre
estaba llenísimo, traerlas a nuestra casa y salir a venderlas a la feria los
Sábados en la mañana y ahí iba yo con él. Me acuerdo que todos los Sábados
cuando yo escuchaba que mi papá se levantaba yo saltaba de la cama y lo iba a
ver, me vestía y estaba lista para acompañarlo yo era muy pequeña… solo tenía
siete u ocho años. Pero nos íbamos a la feria los Sábados, papá cargaba la
carretilla y a veces me dejaba subir y me llevaba junto con todos los cachureos
en la carretilla. Nos instalábamos y él me enseñaba a vender, me decía las
cosas que tenía que decirle a la gente para que compraran nuestros productos,
por ejemplo: si teníamos una brocha usada para vender que estaba dura porque la
pintura se había secado ahí, papá me decía que le explicara a la gente que
tenía que ponerla a remojar en agua caliente y se iba a ablandar y la gente
podría utilizarla. Siempre tengo esa imagen en mi mente, de esa brocha que
vendí a solo cien pesos diciéndole eso a una señora.
Me acuerdo que papá cuando era niña siempre me preguntaba
cuánto yo lo quería, yo le decía “muuuuuuuucchhhoooooooo, hasta el sol, las
estrellas, la luna” y todo eso que los niños hacemos cuando somos niños. Me
acuerdo ir con él, en una micro y nosotros hablando de eso y la gente
mirándonos tiernamente.
Papá siempre ha tenido un talento, o don, o naturaleza para
cultivar plantas… una vez me dijo que no era nada de eso sino que sólo había
trabajado toda su infancia en el campo, pero sin duda yo y mi familia nunca nos
hemos dejado de admirar de cómo hace que un palo seco se transforme en un árbol
o en uno de los rosales más frondosos. A
mis veintiocho y con la lejanía presente ya no sé si alcanzaré a aprender eso
de él, pero siempre he querido.
Con los años yo crecí y nuestra relación cambio mucho,
reconozco que en muchos muchos muchos momentos no ha sido fácil. Pero aún así,
tengo momentos muy especiales para mí grabados en mi mente y no quiero
olvidarlos, no quiero.
Recuerdo que cuando ya tenía dieciocho y estaba en la
universidad casi terminando mi primer año de ésta, papá se me acercó un día y
me dijo que conversáramos yo le dije que bueno y lo primero que hizo fue
preguntarme si yo había tenido mi
primera vez, y yo le dije que sí.
Lo cierto es que así había sido hacía un par de días, pero
él no tenía cómo saber… y hasta el día de hoy me pregunto cómo se habrá dado
cuenta, qué cosa diferente notó en mí que lo hizo darse cuenta y me da alegría saber
que me identificaba tan bien.
Luego, me dijo que teníamos que contarle a mi mamá, y yo no
quería. La cosa es que llamó a mi mamá a la cocina que era el lugar dónde conversábamos
y le dijo. Mi mamá se volvió loca, me quería pegar y despotricaba que “todos
los hombres son iguales” mi papá la tuvo que calmar y explicarle que era algo
normal, que yo estaba grande y sabía lo que hacía, que yo estaba enamorada y
eso era lindo. Mi mamá no me habló en días parecía para ella algo como una gran
decepción, algo que ella no esperaba que yo hiciera o algo irresponsable. Siempre
he encontrado muy chistoso haber tenido el apoyo de mi papá en eso y también he
sentido la gratitud por su confianza en mis decisiones.
Mi primer pito de marihuana también fue con mi papá, creo
que fue también cuando tenía dieciocho años… el día de noche buena, después de la cena fuimos al patio a fumarnos
un cigarro y me preguntó: ¿Querí’ fumarte un pito? Y yo le dije: ¿De verdad?
Sí.- Me respondió.
Yo nunca en toda mi vida había fumado, ni en el colegio, ni
en la universidad y él lo sabía. Encontré genial lo que hizo, claro que no me
volé.
Hasta el día de hoy soy una convencida de que eso que hizo
mi papá por mí fue lo mejor, porque nunca necesité esconderme para hacer nada y
si fumé pitos cosa que hago hasta el día de hoy lo hice porque no es nada malo,
al contrario, es bueno sentarse con el viejo a conversar… lo extraño en estos
días.
Mi vida fue así, y mientras yo tenía la posibilidad de
fumarme un pito con mi viejo en el patio de nuestra casa, veía como mis amigos
de la universidad se escondían de sus padres y se iban a meter a lugares y en
situaciones súper peligrosas para conseguir un porro, ni siquiera algo natural.
Mi papá me enseñó a cultivar.
El día de mañana haré lo mismo con mis hijos, no quiero perderme
ese minuto… Como siempre me decía mi mamá cuando era chica: “te quiero donde
mis ojos te vean”. Yo los querré así.
Mi papá tiene las manos gastadas, grandes, gruesas y llenas
de durezas. Cuando era chica o hasta que viví con ellos en la casa de Maipú me
pedía que “le echara cremita” y yo le daba la mano y le echaba cremita, y he
tomado las manos de mi papá en mi vida tantas veces no solo para echarle
cremita si no sólo para tocarlas y preguntarle por qué sus manos son así. Por
qué no tiene movilidad en algunos dedos, por qué no puede estirar otros, por qué
esa uña está un poco morada, por qué siempre tiene las manos tan ásperas, por qué
la cremita no lo soluciona. “El trabajo” me decía, “el trabajo hija”.
Me acuerdo que cuándo conocí Ariel, que es mi ex marido. A
parte de ser muy niños, él tenía unas manos preciosas siempre me gustaron
demasiado hasta hace algunos años en que se comenzaron a llenar de cicatrices,
pero me encantaban cuando comenzamos nuestro noviazgo, cuando nos casamos,
cuando lo veía tocar la guitarra con sus manos. Eran tan diferentes a las manos
de mi papá, tan suaves y él ni siquiera usaba cremita.
No sé si me gustaba sólo la diferencia o si sus manos eran
de verdad bellas o si las manos de mi padre de verdad eran feas. Hoy las cosas
son tan distintas.
En las últimas semanas tengo un fuerte dolor en mis manos,
ya viene arrastrándose hace unos meses, pero en las últimas semanas no cede. Al
principio no podía dejar de empuñar la mano derecha en las noches y despertaba
con la mano acalambrada. En el último tiempo la siento como si estuviera
dormida todo el tiempo y duele, no la puedo estirar bien, no puedo tomar el
lápiz para escribir bien cuando estoy en clases. Mis manos se han envejecido
mucho en este tiempo, están irritadas, las uñas desgastadas y todas
enganchadas. Y si me preguntas ¿Por qué? Te responderé por el trabajo.
Nunca antes entendí a mi papá, hasta ahora.
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