miércoles, 4 de noviembre de 2015

Las manos de Papá.-

Recuerdo que desde que fui niña quise mucho a mi papá, acostumbraba pasar con él mucho tiempo de mis días en mi infancia… salíamos juntos a diferentes lugares, pero una de las cosas que más me gustaba hacer era ir a trabajar con él.

Cuando era pequeña mis  padres tenían un almacén en la casa y yo atendía con mi papá, mientras él estaba ahí yo lo acompañaba y me dedicaba a pintar cuadros en acuarela o veía televisión. Papá me regalaba dulces que eran unas rositas de caramelo blancas o rosadas que adentro tenían un maní o a veces me regalaba  una de esas barras “Golpe” que en ese tiempo eran mis favoritas. A veces  íbamos los dos juntos y solos a la casa de la abuela,  a veces me llevaba a que me pusieran inyecciones en el consultorio, también recuerdo que muchas veces cuando fui niña y necesité sacarme sangre por algún motivo papá casi siempre iba conmigo… creo que él ha sabido mejor que nadie que siempre he odiado las agujas y me ha visto llorar desde pequeña por esa razón.

Papá siempre se dedicó a muchos oficios; jardinero, pintor, maestro chasquilla, entre tantos… pero mi favorito siempre fue “cachurero”, le gustaba recolectar  todo tipo de cosas que ya no se utilizarían en el galpón de la casa de la abuela que siempre estaba llenísimo, traerlas a nuestra casa y salir a venderlas a la feria los Sábados en la mañana y ahí iba yo con él. Me acuerdo que todos los Sábados cuando yo escuchaba que mi papá se levantaba yo saltaba de la cama y lo iba a ver, me vestía y estaba lista para acompañarlo yo era muy pequeña… solo tenía siete u ocho años. Pero nos íbamos a la feria los Sábados, papá cargaba la carretilla y a veces me dejaba subir y me llevaba junto con todos los cachureos en la carretilla. Nos instalábamos y él me enseñaba a vender, me decía las cosas que tenía que decirle a la gente para que compraran nuestros productos, por ejemplo: si teníamos una brocha usada para vender que estaba dura porque la pintura se había secado ahí, papá me decía que le explicara a la gente que tenía que ponerla a remojar en agua caliente y se iba a ablandar y la gente podría utilizarla. Siempre tengo esa imagen en mi mente, de esa brocha que vendí a solo cien pesos diciéndole eso a una señora.

Me acuerdo que papá cuando era niña siempre me preguntaba cuánto yo lo quería, yo le decía “muuuuuuuucchhhoooooooo, hasta el sol, las estrellas, la luna” y todo eso que los niños hacemos cuando somos niños. Me acuerdo ir con él, en una micro y nosotros hablando de eso y la gente mirándonos tiernamente.

Papá siempre ha tenido un talento, o don, o naturaleza para cultivar plantas… una vez me dijo que no era nada de eso sino que sólo había trabajado toda su infancia en el campo, pero sin duda yo y mi familia nunca nos hemos dejado de admirar de cómo hace que un palo seco se transforme en un árbol o en uno de los rosales más frondosos.  A mis veintiocho y con la lejanía presente ya no sé si alcanzaré a aprender eso de él, pero siempre he querido.
Con los años yo crecí y nuestra relación cambio mucho, reconozco que en muchos muchos muchos momentos no ha sido fácil. Pero aún así, tengo momentos muy especiales para mí grabados en mi mente y no quiero olvidarlos, no quiero.

Recuerdo que cuando ya tenía dieciocho y estaba en la universidad casi terminando mi primer año de ésta, papá se me acercó un día y me dijo que conversáramos yo le dije que bueno y lo primero que hizo fue preguntarme si  yo había tenido mi primera vez, y yo le dije que sí.
Lo cierto es que así había sido hacía un par de días, pero él no tenía cómo saber… y hasta el día de hoy me pregunto cómo se habrá dado cuenta, qué cosa diferente notó en mí  que lo hizo darse cuenta y me da alegría saber que me identificaba tan bien.
Luego, me dijo que teníamos que contarle a mi mamá, y yo no quería. La cosa es que llamó a mi mamá a la cocina que era el lugar dónde conversábamos y le dijo. Mi mamá se volvió loca, me quería pegar y despotricaba que “todos los hombres son iguales” mi papá la tuvo que calmar y explicarle que era algo normal, que yo estaba grande y sabía lo que hacía, que yo estaba enamorada y eso era lindo. Mi mamá no me habló en días parecía para ella algo como una gran decepción, algo que ella no esperaba que yo hiciera o algo irresponsable. Siempre he encontrado muy chistoso haber tenido el apoyo de mi papá en eso y también he sentido la gratitud por su confianza en mis decisiones.

Mi primer pito de marihuana también fue con mi papá, creo que fue también cuando tenía dieciocho años… el día de noche buena,  después de la cena fuimos al patio a fumarnos un cigarro y me preguntó: ¿Querí’ fumarte un pito? Y yo le dije: ¿De verdad?
Sí.- Me respondió.
Yo nunca en toda mi vida había fumado, ni en el colegio, ni en la universidad y él lo sabía. Encontré genial lo que hizo, claro que no me volé.
Hasta el día de hoy soy una convencida de que eso que hizo mi papá por mí fue lo mejor, porque nunca necesité esconderme para hacer nada y si fumé pitos cosa que hago hasta el día de hoy lo hice porque no es nada malo, al contrario, es bueno sentarse con el viejo a conversar… lo extraño en estos días.
Mi vida fue así, y mientras yo tenía la posibilidad de fumarme un pito con mi viejo en el patio de nuestra casa, veía como mis amigos de la universidad se escondían de sus padres y se iban a meter a lugares y en situaciones súper peligrosas para conseguir un porro, ni siquiera algo natural. Mi papá me enseñó a cultivar.
El día de mañana haré lo mismo con mis hijos, no quiero perderme ese minuto… Como siempre me decía mi mamá cuando era chica: “te quiero donde mis ojos te vean”. Yo los querré así.

Mi papá tiene las manos gastadas, grandes, gruesas y llenas de durezas. Cuando era chica o hasta que viví con ellos en la casa de Maipú me pedía que “le echara cremita” y yo le daba la mano y le echaba cremita, y he tomado las manos de mi papá en mi vida tantas veces no solo para echarle cremita si no sólo para tocarlas y preguntarle por qué sus manos son así. Por qué no tiene movilidad en algunos dedos, por qué no puede estirar otros, por qué esa uña está un poco morada, por qué siempre tiene las manos tan ásperas, por qué la cremita no lo soluciona. “El trabajo” me decía, “el trabajo hija”.

Me acuerdo que cuándo conocí Ariel, que es mi ex marido. A parte de ser muy niños, él tenía unas manos preciosas siempre me gustaron demasiado hasta hace algunos años en que se comenzaron a llenar de cicatrices, pero me encantaban cuando comenzamos nuestro noviazgo, cuando nos casamos, cuando lo veía tocar la guitarra con sus manos. Eran tan diferentes a las manos de mi papá, tan suaves y él ni siquiera usaba cremita.

No sé si me gustaba sólo la diferencia o si sus manos eran de verdad bellas o si las manos de mi padre de verdad eran feas. Hoy las cosas son tan distintas.


Cuando vine a Australia conocí a Simon, que fue mi primer intento de novio Australiano. Nuestra primera noche sus manos estaban tan ásperas.  Ví el dorso de sus manos y estaban agrietadas, heridas, con costras que se comenzaban a formar. Hicimos el amor y luego de terminar fuimos al patio a fumar un cigarro, le pregunté ¿Por qué tus manos están así? Por el trabajo, me respondió. Besé sus manos, fuimos a mi habitación y le apliqué cremita, él estaba tan relajado yo me sentía entregándole amor, no sé si alguien alguna otra vez hizo eso por él y no me importa saber, pero sé que él no hacia eso por él porque no le importaba tener sus manos así, ya estaba acostumbrado. Y yo me sentí especial tomando cuidado de ese aspecto de él en ese minuto.

En las últimas semanas tengo un fuerte dolor en mis manos, ya viene arrastrándose hace unos meses, pero en las últimas semanas no cede. Al principio no podía dejar de empuñar la mano derecha en las noches y despertaba con la mano acalambrada. En el último tiempo la siento como si estuviera dormida todo el tiempo y duele, no la puedo estirar bien, no puedo tomar el lápiz para escribir bien cuando estoy en clases. Mis manos se han envejecido mucho en este tiempo, están irritadas, las uñas desgastadas y todas enganchadas. Y si me preguntas ¿Por qué? Te responderé por el trabajo.

Nunca antes entendí a mi papá, hasta ahora.





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