¿Te ha
tocado alguna vez estar parado en medio de la lluvia y de pronto ésta se
detiene... vez como se despeja el cielo y entre esas nubes blanquitas se asoma
un rayo de sol?
Ya sé
que es larga la pregunta. Pero a usted lector que podría parecerle muy simple
la metáfora le digo que no deja de ser cierta.
Lo bello
de ese momento, más allá del paisaje... es que de pronto esos rayitos te
empiezan aparte de iluminar, dar calor. Y esa calidez... ese instante
después de la tormenta, después de la lluvia… Ese pequeño rayito dorado te
cambia la vida.
Hace un
momento, me dí cuenta de que viví un proceso en el que me desfragmenté. No sé
si a todos les pasa o sólo es parte de crecer. Pero hace mucho comencé un
proceso en el que dejé de ser lo que era.
Tras un gran remesón en mi vida, en cierta forma involuntario como todos
los grandes remesones… comencé a florecer en la nueva tierra en la que se me
había plantado, comencé a renacer.
Entonces,
dentro de mí en una parte siguieron viviendo todas las visiones que yo ya había
adquirido en mi bagaje de vida, en otro lado quedaron los aprendizajes y la
nueva visión de la vida, una visión más ampliada… he conversado con algunos
amigos esta sensación que tengo a veces, y para graficarlo utilizo el típico
ejemplo del “caballito de feria” que tenía tapados los ojos y solo podía ver lo
que tenía puesto en frente, luego del remesón se cayeron las vendas amplié mi
visión… creo que por fin puedo tener una visión en 180° de lo que ha sido mi
vida, la visión panorámica, la “big picture” como dirían algunos.
Una
visión no aferrada a los dolores ni sufrimientos, no aferrada a las cosas
materiales, no aferrada al ego, no aferrada al sentimiento de carencia en
nuestras vidas, despojada del acaparamiento, una versión más consciente de mi
espiritualidad y mi espíritu, una visión en paz con todo lo sucedido, una
versión de mí satisfecha por tener la bendición de entender mi proceso, una
versión de mi sedienta por mantenerme consciente a los aprendizajes de la vida.
Sin
dudas todo lo sucedió de un día para otro fue un proceso de varios meses de
cuestionar, meditar, evadir y confrontar, llorar a solas.
Una
parte de mi quedó habitada por una persona planificada, teórica, metódica,
controladora de mis acciones y mi vida, cuadrada, drástica, intolerante,
estricta… A los 25 creía que tenía mi vida hecha, me sentía segura de todos mis
logros. Había terminado la universidad como Publicista, después de haber
estudiado previamente 2 carreras que no fructificaron y sentía que había
aprendido mucho de eso, tenía mi marido con el que me había casado a los 21 y
estaríamos juntos por siempre, podíamos tener hijos cuando quisiéramos porque
gozábamos de un buen pasar, viajábamos mucho. Pero no estaba yo, ¿Dónde estaba
yo en todas esas cosas que hacía y tenía? Me encantaba ser la mujer de mi
marido, me sentía orgullosa de él, de nuestros logros… me sentí soberbia, nunca
alardeaba de lo que tenía, la verdad nunca he sido ese estilo de personas, pero
creí que podía tener algo perfecto, que lo que tenía era perfecto en cierta
forma, y si no lo era debía serlo o serlo más todavía. Sufría mucho cuando las
cosas no funcionaban, cuando no iban bien. Me exigía demasiado, le exigía
demasiado. Mi sueño era tener una casa, más bien una parcela, con un perro San
Bernardo, todos los tipos de animales que me fuera posible, una huerta con
albahaca y tomates, 4 niños. Ese sueño era el mundo donde yo iba a habitar en
mi futuro, no me importaba si la casa tenía que partir siendo una choza con
piso de tierra… era el mundo donde iba a habitar, el lugar donde invertiría el
tiempo de mi vida y sabía todo lo que tenía que hacer para lograrlo, teníamos
una estrategia que construíamos poco a poco los Domingos por la tarde en
nuestra casa durante el último año juntos, la estrategia para lograrlo era
buena no puedo negarlo. Pensaba que ya todo estaba decidido, solo había que
vivirlo y hacerlo realidad, parecía en cierta forma fácil… ¿Dónde estaba yo? Si
algo fallaba o se complicaba me desmoronaba, sentía que tenía que hacer mejor
las cosas y trabajar más y exigir más… era agotador, fue tan agotador que ni
siquiera podía convivir conmigo misma, me molestaba sentirme así.
Pasé
muchos procesos y sentí muchas cosas antes de tomar la decisión de separarme, a
pesar de que teníamos muchos planes y todo para ser felices no lo éramos, yo no
lo era y sentía que lo hacía infeliz a él también con mi infelicidad,
independiente de que por la vereda de él hubiesen habido distintos
cuestionamientos que también eran lógicos. No se trataba de amor, o falta de
cariño de mí hacia él… simplemente no era feliz, me había transformado en una
persona que no reconocía, sentía que todo lo hacía mal, me sentía fea, me
sentía insegura de mi misma, de lo que iba a hacer con mi carrera si me transformaba
en mamá, en mi mente no lograba compatibilizar la maternidad con lo
profesional, sentía que me postergaría y ya iba a ser para siempre, sentía que
ya me había postergado mucho para que mi marido pudiera terminar su carrera,
pero también sentía que daban lo mismo todas esas cosas o la decisión que
tomara finalmente porque a nadie le importaba, con ciertos detalles que luego
se mostraron más tangibles mi marido me demostró que a él no le interesaba ni
valoraba lo que yo había hecho por él en los 9 años que llevábamos de relación
todo era un logro suyo, por él, para él y claro, yo había alimentado ese ego
por años. Yo lo había hecho sentir único, que se lo merecía todo, que de cierta
forma yo no aportaba en nada porque los logros en su carrera y el título profesional
que él obtuviera iban a ser sólo de él. Me sentí arruinada, dependía
emocionalmente y estaba enamorada de una persona que después de todas las cosas
que hice por él no me dijo “gracias”, no esperaba grandes alabanzas, no
esperaba aplausos, ni que pusieran mi nombre al principio de los créditos luego
de que terminara la película. Esperaba sí un “gracias”, un abrazo empático que
significara “lo logramos juntos”… hace tiempo dejé de esperarlo, pero nunca
llegó.
No podía
seguir construyendo mi vida con un hombre que se creía el centro del universo y
todo giraba en torno a él, donde todo lo que yo sentía, quería y había
postergado no era tomado en cuenta y tampoco significaba un “gracias”. Me
cansé, me sentía muy sola, abandonada e incomprendida. Fue un momento difícil.
En ésta parte de mi quedó una mujer servicial, dueña de casa, entregada sin
tapujos. Quedó la mujer que me había convencido que iba a ser, apegada a la
doctrina de la familia, que evitaba todas esas cosas que te dicen que hacen
mal, que procuraba evitar todos los errores del planeta que siempre te dicen
que son problemas, me decía que quería ser sabia e incluso evitaba replicar los
errores de otros ya que eso para mí significaba un aprendizaje. Era una mujer
que se coartaba de vivir, de experimentar.
Toda la
curiosidad de mi juventud, mis sueños individuales los había puesto dentro de
una caja y la caja en un rincón para no sacarlos nunca, había asumido que no
iba a hacer nada de eso en mi vida. Pero lo cierto, es que el proyecto de vida
que había adoptado tampoco iba muy bien ¿Entonces? Llegó ese momento de
decidir, ese momento en que dices “esto a mí nunca me iba a pasar”, “esto pasa
en la novelas no en la vida real”, lo cierto también es que nunca te toca hasta
que te toca y había llegado mi momento de vivir lo que nunca pensé que iba a
vivir. Primero descubrí la tragedia y asumí el dolor, luego fui a buscar la
caja que tenía en un rincón escondida y comencé a sacar mis sueños.
Todo
sucede por algo, todo sigue un curso natural del cual nadie tiene el control
nunca, aún cuando te esfuerzas por tenerlo y yo me esforcé inhumanamente por
años, me obligué a algo creyendo que eso me iba a hacer feliz y no fue así. Al
final del día me sentía infeliz y me dormía llorando. ¿A quién le importaba esto?
¿A quién le importó nunca? La verdad es que a nadie, a mi familia un poco, pero
yo había tomado mis decisiones, no culpo a nadie por mis decisiones, no me da
pena pensar que a nadie le importaba porque no tenía que ser así yo era
responsable de mi vida, tanto como lo soy ahora. Pero sentí el desamor como una
gran patada en el estómago, porque esa era la persona a la que yo esperaba que
le importara.
Había
pasado mucho tiempo en aulas de colegios, de universidades, había ido mucho a
la iglesia durante mi vida a “aprender a vivir”. Pero eso no se aprende, sólo
se vive. Esa fue mi lección, dejé de planificar, dejé de pensar en el futuro,
dejé de sentirme obligada a triunfar, dejé de querer ser exitosa en mi carrera
porque más que en una persona exitosa me estaba transformando en una exitista que
iba de la casa a la oficina y de la oficina a la casa, dejé de querer tener el
control de mi vida y de todo a mi alrededor porque aprendí que es imposible,
dejé la frustración de lado, dejé de sentirme comprometida a un destino. Me
sentí libre, me amé, me acepté como soy, me abracé y en las noches duermo en
paz.
Luego
vienen esos “detalles dorados”, flechazos de una vez que te hacen sentir
querida. Portadores de luz que aunque tú no quieras te devuelven la energía.
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