jueves, 5 de noviembre de 2015

Pequeños detalles dorados hacen nuestra vida diferente.-

¿Te ha tocado alguna vez estar parado en medio de la lluvia y de pronto ésta se detiene... vez como se despeja el cielo y entre esas nubes blanquitas se asoma un rayo de sol? 

Ya sé que es larga la pregunta. Pero a usted lector que podría parecerle muy simple la metáfora le digo que no deja de ser cierta.
Lo bello de ese momento, más allá del paisaje... es que de pronto esos rayitos te empiezan aparte de iluminar,  dar calor. Y esa calidez... ese instante después de la tormenta, después de la lluvia… Ese pequeño rayito dorado te cambia la vida.

Hace un momento, me dí cuenta de que viví un proceso en el que me desfragmenté. No sé si a todos les pasa o sólo es parte de crecer. Pero hace mucho comencé un proceso en el que dejé de ser lo que era.  Tras un gran remesón en mi vida, en cierta forma involuntario como todos los grandes remesones… comencé a florecer en la nueva tierra en la que se me había plantado, comencé a renacer.

Entonces, dentro de mí en una parte siguieron viviendo todas las visiones que yo ya había adquirido en mi bagaje de vida, en otro lado quedaron los aprendizajes y la nueva visión de la vida, una visión más ampliada… he conversado con algunos amigos esta sensación que tengo a veces, y para graficarlo utilizo el típico ejemplo del “caballito de feria” que tenía tapados los ojos y solo podía ver lo que tenía puesto en frente, luego del remesón se cayeron las vendas amplié mi visión… creo que por fin puedo tener una visión en 180° de lo que ha sido mi vida, la visión panorámica, la “big picture” como dirían algunos.
Una visión no aferrada a los dolores ni sufrimientos, no aferrada a las cosas materiales, no aferrada al ego, no aferrada al sentimiento de carencia en nuestras vidas, despojada del acaparamiento, una versión más consciente de mi espiritualidad y mi espíritu, una visión en paz con todo lo sucedido, una versión de mí satisfecha por tener la bendición de entender mi proceso, una versión de mi sedienta por mantenerme consciente a los aprendizajes de la vida.


Sin dudas todo lo sucedió de un día para otro fue un proceso de varios meses de cuestionar, meditar, evadir y confrontar, llorar a solas.

Una parte de mi quedó habitada por una persona planificada, teórica, metódica, controladora de mis acciones y mi vida, cuadrada, drástica, intolerante, estricta… A los 25 creía que tenía mi vida hecha, me sentía segura de todos mis logros. Había terminado la universidad como Publicista, después de haber estudiado previamente 2 carreras que no fructificaron y sentía que había aprendido mucho de eso, tenía mi marido con el que me había casado a los 21 y estaríamos juntos por siempre, podíamos tener hijos cuando quisiéramos porque gozábamos de un buen pasar, viajábamos mucho. Pero no estaba yo, ¿Dónde estaba yo en todas esas cosas que hacía y tenía? Me encantaba ser la mujer de mi marido, me sentía orgullosa de él, de nuestros logros… me sentí soberbia, nunca alardeaba de lo que tenía, la verdad nunca he sido ese estilo de personas, pero creí que podía tener algo perfecto, que lo que tenía era perfecto en cierta forma, y si no lo era debía serlo o serlo más todavía. Sufría mucho cuando las cosas no funcionaban, cuando no iban bien. Me exigía demasiado, le exigía demasiado. Mi sueño era tener una casa, más bien una parcela, con un perro San Bernardo, todos los tipos de animales que me fuera posible, una huerta con albahaca y tomates, 4 niños. Ese sueño era el mundo donde yo iba a habitar en mi futuro, no me importaba si la casa tenía que partir siendo una choza con piso de tierra… era el mundo donde iba a habitar, el lugar donde invertiría el tiempo de mi vida y sabía todo lo que tenía que hacer para lograrlo, teníamos una estrategia que construíamos poco a poco los Domingos por la tarde en nuestra casa durante el último año juntos, la estrategia para lograrlo era buena no puedo negarlo. Pensaba que ya todo estaba decidido, solo había que vivirlo y hacerlo realidad, parecía en cierta forma fácil… ¿Dónde estaba yo? Si algo fallaba o se complicaba me desmoronaba, sentía que tenía que hacer mejor las cosas y trabajar más y exigir más… era agotador, fue tan agotador que ni siquiera podía convivir conmigo misma, me molestaba sentirme así.  

Pasé muchos procesos y sentí muchas cosas antes de tomar la decisión de separarme, a pesar de que teníamos muchos planes y todo para ser felices no lo éramos, yo no lo era y sentía que lo hacía infeliz a él también con mi infelicidad, independiente de que por la vereda de él hubiesen habido distintos cuestionamientos que también eran lógicos. No se trataba de amor, o falta de cariño de mí hacia él… simplemente no era feliz, me había transformado en una persona que no reconocía, sentía que todo lo hacía mal, me sentía fea, me sentía insegura de mi misma, de lo que iba a hacer con mi carrera si me transformaba en mamá, en mi mente no lograba compatibilizar la maternidad con lo profesional, sentía que me postergaría y ya iba a ser para siempre, sentía que ya me había postergado mucho para que mi marido pudiera terminar su carrera, pero también sentía que daban lo mismo todas esas cosas o la decisión que tomara finalmente porque a nadie le importaba, con ciertos detalles que luego se mostraron más tangibles mi marido me demostró que a él no le interesaba ni valoraba lo que yo había hecho por él en los 9 años que llevábamos de relación todo era un logro suyo, por él, para él y claro, yo había alimentado ese ego por años. Yo lo había hecho sentir único, que se lo merecía todo, que de cierta forma yo no aportaba en nada porque los logros en su carrera y el título profesional que él obtuviera iban a ser sólo de él. Me sentí arruinada, dependía emocionalmente y estaba enamorada de una persona que después de todas las cosas que hice por él no me dijo “gracias”, no esperaba grandes alabanzas, no esperaba aplausos, ni que pusieran mi nombre al principio de los créditos luego de que terminara la película. Esperaba sí un “gracias”, un abrazo empático que significara “lo logramos juntos”… hace tiempo dejé de esperarlo, pero nunca llegó.

No podía seguir construyendo mi vida con un hombre que se creía el centro del universo y todo giraba en torno a él, donde todo lo que yo sentía, quería y había postergado no era tomado en cuenta y tampoco significaba un “gracias”. Me cansé, me sentía muy sola, abandonada e incomprendida. Fue un momento difícil. En ésta parte de mi quedó una mujer servicial, dueña de casa, entregada sin tapujos. Quedó la mujer que me había convencido que iba a ser, apegada a la doctrina de la familia, que evitaba todas esas cosas que te dicen que hacen mal, que procuraba evitar todos los errores del planeta que siempre te dicen que son problemas, me decía que quería ser sabia e incluso evitaba replicar los errores de otros ya que eso para mí significaba un aprendizaje. Era una mujer que se coartaba de vivir, de experimentar.

Toda la curiosidad de mi juventud, mis sueños individuales los había puesto dentro de una caja y la caja en un rincón para no sacarlos nunca, había asumido que no iba a hacer nada de eso en mi vida. Pero lo cierto, es que el proyecto de vida que había adoptado tampoco iba muy bien ¿Entonces? Llegó ese momento de decidir, ese momento en que dices “esto a mí nunca me iba a pasar”, “esto pasa en la novelas no en la vida real”, lo cierto también es que nunca te toca hasta que te toca y había llegado mi momento de vivir lo que nunca pensé que iba a vivir. Primero descubrí la tragedia y asumí el dolor, luego fui a buscar la caja que tenía en un rincón escondida y comencé a sacar mis sueños.

Todo sucede por algo, todo sigue un curso natural del cual nadie tiene el control nunca, aún cuando te esfuerzas por tenerlo y yo me esforcé inhumanamente por años, me obligué a algo creyendo que eso me iba a hacer feliz y no fue así. Al final del día me sentía infeliz y me dormía llorando. ¿A quién le importaba esto? ¿A quién le importó nunca? La verdad es que a nadie, a mi familia un poco, pero yo había tomado mis decisiones, no culpo a nadie por mis decisiones, no me da pena pensar que a nadie le importaba porque no tenía que ser así yo era responsable de mi vida, tanto como lo soy ahora. Pero sentí el desamor como una gran patada en el estómago, porque esa era la persona a la que yo esperaba que le importara.

Había pasado mucho tiempo en aulas de colegios, de universidades, había ido mucho a la iglesia durante mi vida a “aprender a vivir”. Pero eso no se aprende, sólo se vive. Esa fue mi lección, dejé de planificar, dejé de pensar en el futuro, dejé de sentirme obligada a triunfar, dejé de querer ser exitosa en mi carrera porque más que en una persona exitosa me estaba transformando en una exitista que iba de la casa a la oficina y de la oficina a la casa, dejé de querer tener el control de mi vida y de todo a mi alrededor porque aprendí que es imposible, dejé la frustración de lado, dejé de sentirme comprometida a un destino. Me sentí libre, me amé, me acepté como soy, me abracé y en las noches duermo en paz.


Luego vienen esos “detalles dorados”, flechazos de una vez que te hacen sentir querida. Portadores de luz que aunque tú no quieras te devuelven la energía.

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