Odiando la compasión me he dado cuenta de lo compasiva que soy.
Esperando que el tiempo pase me esmero por no olvidar todo lo que ya pasó, buscando a esos niños corriendo por los pasillos de la casa de la abuela.
La ley de no olvidar quiénes son mis padres, quiénes mis hermanos, quiénes mis amigos, de dónde vengo y dónde estoy por gracia, solo por gracia.
La bucólica ansia de saberme finita.
No esperando los 22 más esperados.
Triste por los 22 que no llegaron, los que se fueron, los que vendrán.
Karmaticamente solitaria, alienada... expandida en las risotadas sedientas de verdad.
Aquí estoy solitaria, aquí estoy ahora.
Nuevamente.
Servil, cordial, pasmada, silenciosa...
Ciegamente negando.
El trauma, el amor, la maldición de la vida, la bendición del mundo.
Cabizbaja, soñolienta, modorrienta.
LLena de palabras, falta de conceptos.
Autoasumida en la míseria,
precavida del porvenir, sobretodo cuando vivíamos en España o Grajales.
Despojada de los que se fueron a una muerte incierta.
Desechable como un vaso de bebida,
capaz de contener pero no más de lo necesario.
Ciegamente afirmando.
Que el cielo es azul, mis ojos cafés y la muerte es negra.
Que el mar me engaña y la vida corre y yo corro a su lado,
siempre a su lado.
Contestataria.
Callada, falta de algo para presumir.
Triste.
Feliz.
Triste.
Feliz.
Dúal , invocada del más acá...
Donde las papas queman y el hambre duele.
Donde me sueño gigante y el mundo es escarcha.
Incomoda.
Lasciva de un mundo.
Pecadora proverbial.
Exigente de mi misma y de mis mismos.
Como invocada del más acá..
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