miércoles, 13 de abril de 2016

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Conocernos pareciera fácil, mas en estos momentos siento que todo lo que nos parece son engaños, conjeturas… tal vez no es algo nuevo, pero regirnos por el perecer demuestra la demarcada ambigüedad que muchas veces empleamos para emitir juicios.

Conocernos pareciera fácil, pero dicho lo anterior quiero enfatizar que no lo es. Muchas veces pretendemos conocer y es increíble (en realidad no, no es increíble) que creamos estrategias de conocimientos, métodos de acercamiento, métodos de conocimiento para relacionarnos con el objeto de nuestro interés. La idea de esto es profundizar en la materia, investigar, recorrer, reconocer partes.

Paralelamente a esto están los cuerpos, somos capaces de recorrerlos, investigarlos con la mirada, saber su simetría, sus perezas, sus asperezas, sus imperfecciones, sus detalles… podemos dar a conocer nuestro cuerpo, nuestro rostro, manos, extremidades, ojos, nariz, dedos, cintura, ombligo… podemos mostrarlo darlo a conocer.

Pero ¿en qué momento se produce el conocimiento?, ¿En qué momento he conocido a alguien? Me gustaría pensar que ese momento existe, sería al menos tranquilizador si uno supiera que en tres meses o tres años podrá conocer bien a alguien, pero no; por ningún motivo, el conocer es otro código, otra idea; no me conozco bien a mí mismo jamás… ¿cómo podré conocer a otros? Hecho el razonamiento anterior podríamos caer en grandes tentativas, artificios y silogismos.

Sabemos que nuestra vida se mide bajo el crono o tiempo, el cual está dividido en segundos, minutos, horas, días, semanas, etc. A cada segundo un pensamiento, un acto, un hecho, un recuerdo, por lo que vamos construyendo el pasado, y desde el presente sabemos con certeza de aquel pasado. Por lo tanto tras cada acto nuevo creamos una parte de nosotros, le añadimos historia a nuestra vida, pero siempre haciendo lo que “estimamos bueno”, “lo apropiado para la ocasión o la persona” y resulta que entre miles de actos cometemos esos o entre millones de palabras justamente esas fueron las que pronunciamos.

Así conocemos y somos conocidos: a través de lo que hablamos, a través de lo que hacemos. Pero lo que hablamos y hacemos no es siempre lo que pensamos, por lo que proyectamos una apariencia, siendo de esta forma que construimos el parecer… el parecer de la facilidad.

Si sabemos que nos regimos por el tiempo podríamos decir entonces que como resultado de esto sabemos que somos finitos (una afirmación tentativa muy general), pero derivado de esto podemos decir que ese hecho, o acto, o segundo que nos constituye es el que nos modifica, así paulatina y consecutivamente, generando la raíz del por qué conocer sea difícil; bueno es difícil primero que todo porque somos seres finitos cronometrados que trascendemos el tiempo modificando actos, pensamientos y apariencia.

Ya dada a conocer una de las mayores tentativas en las que se podría caer; quisiera referirme al artificio, como resultado de lo tentativo generalmente el ser tiende sus hilos en la conciencia para generar los artificios (que luego derivan en silogismos), el mayor artificio sería pensar citando a Paracelso “… Quien no conoce nada, no ama nada. Quien no puede hacer nada, no comprende nada. Quien nada comprende nada vale. Pero quien comprende también ama, observa, ve… cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa, más grande es el amor… quien cree que todas las frutas maduran al mismo tiempo que las frutillas nada sabe acerca de las uvas…” por diversos motivos como seres racionales tendemos a utilizar malos argumentos para negarnos al amor, ya que siempre los artificios son de este tipo “no conozco, no puedo amar”, he ahí la base del error, exacerbamos esa conciencia, la conciencia de que no podemos amar lo que no conocemos, y nos enredamos en esa seda, sutilmente, mortalmente. Damos origen al silogismo, “no conozco, no amo”, nuevamente he ahí el error, ¿no conozco? Falso. “Conozco que hay cosas que no conozco, que puedo conocer, que puedo amar”, por lo tanto, teniendo en cuenta esta gran verdad presente podemos ser capaces de conocernos a nosotros mismos, aceptarnos, amarnos y al mismo tiempo a todo quien nos rodee, entonces somos capaces de vencer el artificio, un pensamiento que nos quería impedir amar, siendo obvio que “jamás podré conocer lo desconocido si me aferro a lo conocido”, hay nuevos mundos. Ya hemos derribado las fortalezas que se levantan ante lo desconocido, pero aún no somos capaces de delimitar el conocimiento.

Pienso que el conocimiento soy yo o tú, la simplicidad de eso es absorbente, yo conozco lo que deseo, cuando deseo, descubro misterios, milagros, me doy a conocer cuando desnudo el alma, cuando suspiro, cuando digo te amo, tengo frío, pena, hambre, sueños, tú eres mi sueño. Desnudar y conocer los cuerpos es fácil… pero desnudar el alma…

Podemos comenzar por practicar el ejercicio disciplinado de la locura, darle vuelta la mano a la razón, y tener la certeza de que “cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa, más grande es el amor”, y si conocemos que no conocemos ¿cómo no hemos de amar esta idea? Si tras cada acto que cometo dejo abiertos abismos infinitos infranqueables, mundos desconocidos, reinos de lo que pudieron ser, y la conciencia de lo que he sido. Con simplicidad dadora de belleza, con locura negadora de razón, con sueños constitutivos de la esencia, con vida y palabra… desnudando el alma.

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