Mamá siempre me decía: “la necesidad tiene cara de
hereje”. Yo la escuchaba hablar, dando
cátedras de la vida y de las cosas que ella había aprendido, de las cosas que
ella pensaba, de las cosas que ella concluía de la vida, de lo que a ella le
hubiese gustado hacer y nunca hizo, de las cosas que su niña interna hubiese
deseado y nunca logró concretar o alcanzar. De cómo a ella le hubiese gustado
sentirse amada, respetada, valiosa, necesaria, entendida, acompañada, segura,
bella, conforme con ella misma, feliz.
Pero, “la vida no es fácil negra” me decía. Y yo, que crecí mirándola y escuchándola no siempre
lograba dar crédito a sus palabras, muchas veces no entendí sus disyuntivas y
esto me hizo no ser muchas veces la amiga en la que ella buscaba refugiarse.
Con los años aprendí solamente a callar y escucharla en las cosas que no podía
dar mi opinión, y cuando ella se sentía abatida por algún motivo siempre
trataba de motivarla a salir de ese estado, a mirar al futuro a cambiar el
switch pero nunca fue fácil. Finalmente ella tenía razón.
Las personas tomamos decisiones de vida día a día, creamos
pensamientos que luego de internalizarlos en nuestro Yo son muy difíciles de
cambiar.
Es increíble para mí ver cómo muchas veces no logramos darnos
cuenta de las decisiones que tomamos y cómo nuestros pensamientos nos llevan a
actos que afectan en nuestro destino.
Mamá siempre tuvo opciones, pero también siempre tuvo cara de hereje o
carencias que no pudo suplir de otra manera y la llevaron a poner cara de
hereje… Nunca nada fue fácil negrita
mía, mamá.
El hecho de haber crecido tan apegada a mi mamá como amiga
desde mi niñez quizás me hizo querer transformar las cosas y tomar la decisión
de no quedarme en los “me hubiese gustado tal cosa…” Creo que soy de ese tipo
de personas que si quiere algo va y lo hace, lo busca o trata de forjarlo de
alguna manera. Y he aquí donde la vida
empezó a recomendarme la cara de hereje.
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