El problema no es cuando nos cansamos físicamente el
problema empieza cuando se nos cansa el alma.
La vida está hecha de momentos realmente bellos y dulces y otros realmente amargos y difíciles.
Sin embargo, cuando atravesamos las cosas lindas de la vida no nos cuestionamos
un segundo si eso es lo correcto o incorrecto que debiera estar sucediendo o
no. Nos sentimos complemente agradecidos de poder sentir o casi palpar la
belleza de la vida y tratamos de perpetuar ese momento durante todo el tiempo
que nos sea posible.
Por otro lado, cuando
vienen los momentos difíciles en esos en que pareciera que no vamos a
sobrevivir un día más quisiéramos cambiar todo lo que acontece a nuestro
alrededor, claramente no estando conformes con ello. No conformes con nuestra
realidad y esperando que algo “mejor” aconteciera casi por acto de “magia” y
nos transportara a esa felicidad conocida en alguna etapa lejana, vivida con
anterioridad, o aquel bienestar futuro con el que soñamos y nos confortamos
creyendo que “estaremos mejor”.
Pues bien, las cosas no son así en la vida… cuando estamos
felices y dichosos esos serán los momentos que pasen más rápidos en nuestras
vidas y cuando nos encontremos tristes esos momentos nos parecerán una
eternidad sin fin. O así, lo he aprendido yo al menos.
Ahora quisiera hablar sobre cómo luego de tanto tiempo de
haber estado “viviendo y descubriendo un mundo” llegué a la conclusión de que “Endurecerse es
el camino”.
Siempre he dicho que crecí muy apegada a mi mamá, bueno, hasta el día de hoy sé que
una de las grandes cualidades que mamá
siempre tuvo fue desear el bien a los demás. Mi mamá, nunca fue de esas
personas muy expresivas, cariñosas, empalagosas, mimosa, no. Mi mamá siempre
fue seria, se sentaba en la mesa y se fumaba un pucho mientras se tomaba un té,
generalmente después de cocinar en las tardes la comida para el otro día y
hablaba de lo que ella veía y creía, rara vez hablaba de lo que ella sentía,
pero te miraba a los ojos y tú sabías que no mentía en lo que ella decía, no
porque ella lo supiera todo (o quizás sí en alguna medida) pero tú sabías que
era verdad más que nada porque era lo que ella creía y cuando ella hablaba tu
podías sentir eso, podías sentir que era su verdad. Mi mamá, en cierta medida
no me enseñó a ser esa persona afectiva que abraza a todo el mundo y regala
besos a quien esté por delante. Pero hoy creo, que me enseñó a ser dura a
pararme al frente de alguien y decir lo que pienso. Me enseñó a mirar a los
ojos seriamente y eso me ha hecho dura para muchas personas.
A la gente no les gusta oír la realidad, no le gusta ni siquiera pensar en lo que está pasando a su alrededor. Bueno, yo antes siempre buscaba pensar mucho en las cosas, pero con el pasar de los años también he querido experimentar ésta fórmula para olvidarlo todo y avanzar. A veces es bueno. Pero hay gente que nunca por nada del mundo quiere pensar y para esa gente, oír a tipas como yo, o como mi mamá pensando sobre el mundo es generalmente “incómodo” por decir algo.
Mi mamá dentro de todas las cosas que hablaba siempre le
deseo el bien a muchas personas, generalmente hablando de personas que la
habían herido profundamente. Su respuesta a muchas cosas, muchas veces fue: “Dios
sabe por qué hace las cosas”, “Dios va a aclarar las cosas”, “Dios lo va a
perdonar” o “que Dios lo perdone”. Incluso, cuando mi mamá tampoco fue esa
persona extremadamente creyente.
Yo no me di cuenta, cuando empecé a ser como ella. Pero si
bien es cierto, siempre le he deseado bien a la gente, incluso a la gente que
me ha herido profundamente. Con el tiempo, cuándo crecí incorporé a otras
personas a mi vida que me enseñaron mucho acerca de ser noble, personas muy
sensibles también. No puedo negar que aprendí mucho de ellas, mujeres por
supuesto. Cuando me casé desarrollé una filosofía de hacer todas las cosas con
amor, que incorporé profundamente a mi vida. Necesitaba sentirme de esa forma
para poder disfrutar todas las cosas que hacía y ser feliz. Fueron años en los
que sin darme cuenta, me sensibilicé, me ablandé mucho más incluso de lo que
era antes. Mi mamá me había enseñado a ser dura, no mala, no insensible, dura y
fuerte.
Cuando comencé a separarme sufrí mucho, fue una etapa muy
difícil y oscura de mi vida. Recuerdo que un par de amigos que estaban casi
todos los días conmigo me decían “ya va a pasar y no te vas a dar cuenta”, “un
día vas a empezar de nuevo y vas a estar bien”. Cosas que yo no acreditaba,
pensaba que estaría mal siempre. Y cuando a veces me sentía de otra forma les
decía “si es así, quiero despertar mañana y estar bien” lo único que quería en mi
vida en esa época era despertar y no estar triste, no sentirme vacía, no sentir
que me faltaba algo. Durante éste tiempo me cuestioné largamente de qué había
servido amar tanto a una persona y pensar en eso me dolía mucho. Independiente de muchas cosas que sentí y experimenté durante mi último año en Chile luego de separarme, algo me quedó, algo que nunca olvidaré y esto es que perdí mi
inocencia. Así sin más, perdí mi inocencia.
Yo solía creer como mamá en muchos ámbitos, en el principio
de mi adultez me sensibilicé como mujer
a un grado sumo en el que estaba en un punto de solamente querer amar y ser
amada, aprendí de mujeres realmente abnegadas, pero la verdad es que yo sabía
que no era amada como merecía. Y sé que cuando me di cuenta de eso, comenzó la
pérdida de mi inocencia. Ya simplemente no podía quedarme sentada amando a alguien, esperando
que esa persona alguuuuna vez me fuera a amar como yo merecía. No me hacía sentido, me sentía triste, me
sentía sola. La vida me enseñó a darme cuenta de que no era amada, y sin duda
no fue una lección fácil de aprender.
De cualquier manera, yo ya había perdido la inocencia y eso
era y es una de las cosas que me afectaba. Es feo pensar “perdí la inocencia”, “perdí la
fe”, “perdí la capacidad de creer que alguien pueda amarme como yo merezco”, “perdí
la confianza en la gente”, “yo perdí”. Y aunque
en algún momento me sentí así, no era capaz de entender en ese momento
todas las cosas que ganaba detrás.
Aún así, con el tiempo y ganando perspectiva de las cosas volví
a darme cuenta que me endurecí. Pero no sólo me endurecí , me hice fuerte.
Endurecerse no es fácil, ya que debes vivir muchas cosas
para poder llegar a ser fuerte. Aceptar
que te has endurecido, implica aceptar
todas esas cosas que has vivido y logrado superar. Aceptar cada derrota, cada
momento de infelicidad, cada desilusión, cada mentira que te contaron, aceptar
que las cosas nunca serán como tú hubieses querido, aceptar que las cosas nunca
serán como tú quieras. Aceptar que los
sueños no se tratan acerca de soñar si no más bien son acerca de hacerlos
realidad trabajando a tiempo completo y dejando muchas cosas atrás; familia,
amigos, tu país. Aceptar que la próxima vez lo intentarás pero que no sabes si
vas a triunfar. Aceptar que no debes esperar nada como resultado por muy duro que trabajes,
porque el éxito nunca está garantizado. Aceptar que no debes confiar en la
gente, no esperar nada de nadie. Aceptar que nunca nadie te va a amar más de lo
que tú pudieras amarte a ti mismo. Aceptar que de alguna manera siempre vas a
estar solo, realmente solo. Aceptar tu soledad, amar tu soledad, entender tu
soledad.
Cuando estuve con mis padres durante mi última visita a
Chile hablábamos muchas cosas. Y recuerdo que un sentimiento me invadía en esos
días. El sentimiento de aceptar que me había endurecido.
Antes de ir a Chile había
estado planificando un viaje al sudeste asiático porque quería hacer entre
otras cosas algo de “índole espiritual”. Recuerdo que un día semanas previas al viaje que tenía previsto a
Bali salí a fumarme un cigarro al jardín de mi casa y pensé “¿Por qué sigo creyendo
que soy tan espiritual? Yo ya no soy esa persona sensibilizada, yo ya no soy
esa persona abnegada, yo ya no soy esa persona que cree, yo ya no soy esa
persona que confía, yo ya no tengo inocencia”. Mientras pasaban por mi mente muchas cosas, imágenes
de lo que había vivido en mis dos últimos años de vida. Y me di cuenta cómo me
había endurecido.
Entonces cuándo conversaba con mis papás en Chile, recuerdo
que les dije “me endurecí, ya no soy la misma hija que tenían antes”. Mi papá
me miró y me dijo “está bien hija así es como uno aprende”.
Mi papá tenía razón, “así es como uno aprende”. Así es como la
vida le enseña a uno a vivir.
Pero aún así, otra cosa que he aprendido es que después de
todo endurecerse es el camino inevitable por el que todos debemos transitar, ya
que la vida te endurece, pero amargarse, amargarse es opcional.
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